martes, 5 de agosto de 2008

Seimayi Kurnicova III


Seimayi Kurnicova III

Ella es el segundo ejemplo conocido de un espíritu encarnado, por lo menos, después de la Transfiguración del Espíritu Santo (y el verbo se hizo carne) convertido en el cateto que faltaba para sellar de manera impermeable el triángulo de la devoción que mantiene el rebaño pastoreado por Benedicto XVI, Benedicto en latín significa “el que bien dice”, aunque en realidad este no dice nada, bueno, si lo comparamos con todo lo que dijo el políglota Wojtyla, el mismo que pidió perdón por los crímenes que cometió su iglesia cuando la Inquisición y que batió récord en el hit parade latino santificando mártires e inditos. ¿Recuerdas aquel cine de Insurgentes Norte, allá por Lindavista que simulaba los castillos Disney World y que en ellos venerábamos a Mikey Mouse encabezando una corte de ídolos paganos? Pues ya sabrás que ese atentado de herejía gabacha fue derrotado por la intervención del Sumo Pontífice del que hablamos y en sus ruinas edificó el santuario para que Juandieguito descanse cuando sus caminatas de Izcalli a Tlatelolco en búsqueda de curas para Bernardino, pero te decía que su apabullante verborrea, la de Juan Pablo, terminó en balbuceos incomprensibles a bordo de su papamóvil, ¿te acuerdas? Desde ese testimonio hebreo de encarnación poco se sabe, por lo menos no lo sabe tanta gente, que otro verbo se haya convertido en carne, pero la encarnación de ella tuvo otra misión: no le importaba tanto buscar la redención espiritual, sino el patrocinio del placer, y es precisamente ahí donde se fincan la fortaleza secular y las proezas caritativas de su ministerio: en su inagotable afán por dar y recibir placer.
La síntesis que explica su doctrina tiene origen en el mandato bíblico que no sabemos si con intención imperativa o suplicante establece "dejad que las niñas vengan a mi" y ella, niña buena, no sólo viene a mi, sino que se viene con nosotros, en nosotros, llenándonos así todos de gracia en ese acto de fe. Porque si no es con soberana fe no se como le hacía, era un verdadero milagro estar entre sus brazos, entre sus sábanas, o entre las mías, ¿qué importancia tiene aquí la propiedad de quién? Y por eso fue muy criticada, qué aberración, dios mío, qué aberración, cuánta maldad encierra esa condena, cuánta envidia (pecado capital) en maldecir ese acto de amor, de amor y fe.
Yo creo que tanta mojigatería la llevó a capitular frente al confesionario, pero lo bueno es que solamente ahí capituló. Por supuesto que cumplía con las penitencias que se le imponían, pero ella, convencida de su misión aquí en la tierra, después de los rosarios impuestos reincidía ante nuestra devoción hasta que otra vez otra voz la convencía y ahí está de nueva cuenta ante el amor y ante la confesión y es que esta muchacha es verdaderamente intrépida, intrépida o suicida, porque dime, ¿a quién más se le ocurre soltar en el confesionario ese secreto que ni sus íntimas le arrebataron? Y mira que me consta lo que hubieran dado por escudriñar sus perversiones, sus cochinadotas, como ellas les decían, y aunque nunca constataron nada, por mucho tiempo su curiosidad estuvo en vilo y su morbo gravitando como ascua en la órbita de su cachondería. Y cómo no, si entre las precoces de su tiempo ella fue primero, anticipada, curiosa, traviesa y eso, a fuerza te convierte en ídolo y ejemplo. Pero te decía que su atrevimiento no conoce límites, no dudo ni tantito que el párroco estuviera al borde del colapso, tentado por la pederastia, mientras escuchaba lo que más que acto de contrición semejaba el testimonio pornográfico de una malvada, de una oveja descarriada y mal interpretada, condenada de antemano a una como excomunión que por supuesto carecía de lógica y sustento, porque ella no hacía algo diferente que seguir obedeciendo las proclamas bíblicas, o dime tú ¿desde cuándo amar a los otros, así, en plural, se convirtió en pecado? ¿No es ese "amaos las unas a los otros", como la venida de las niñas otro mandato de Jesús? Ella es lo único que hacía, multiplicar y repartir su amor entre los otros como un gesto más piadoso -y nutritivo- que el milagro de la multiplicación aquella de los peces y la enseñanza del arte de pescar en lugar de dar pescado y no sólo nos amó a casi todos, sino que nos enseñó su arte, convencida de que amarnos y dejarnos en el desamparo sería un acto de crueldad, más que de caridad.

Seimayi Kurnicova IV


Seimayi Kurnicova IV

Sí, podemos decir que se trata de una realidad aparte, pero es justo ahí en donde los charlatanes se descubren. Hay muchos que tienen cierta idea de le que se trata, como tú, tú que te atragantas con las cinco líneas que leíste de "las enseñanzas de don Juan", y no aprendiste más que pura madre, te decía que algunos tienen cierta idea pero sus espíritus no están preparados, no se puede llegar a la flor así nomás como si nada, la purificación es lo que nos distingue. Sí, ya se que me espetarás el argumento que acostumbras, aunque, para ser honesta, hace mucho tiempo que ese alarido perdió categoría de argumento, las primeras ocasiones que lo usaste la neta sí me sacudió, hasta que llegué a la cuenta de que sí, de que yo no era más que una viciosa, y fíjate muy bien que aquí no digo adicta, sino viciosa, y esto la verdad suena más feo, porque los adictos por lo menos tienen la esperanza del centro de rehabilitación y el consuelo de su terapeuta, pero un vicioso... Y mucho peor una viciosa. Y eso, nuevamente la verdad sea dicha, no estoy muy segura si me aterraba o si me conmovía, pero de lo que no hay duda es de que despertó en mi esa reflexión que me hizo distinguir entre los iniciados y entre los farsantes y yo, como tributo del ayuno y de otras privaciones pude llegar purificada al acto, o sea que no soy de esos charlatanes que por haber leído un poco a Castaneda casi se auto proclaman los chamanes de la banda, los ayatolas del barrio. ¿A poco pensabas que mi nombre, mi segundo nombre, el de batalla, Seimayi, es puro capricho del folclore? Pues ya ves que nanáis, me llamo así porque el ayuno me convirtió en doncella, porque yo sí pude estar en esa Ceremonia y no pienses que estuve como oyente, estuve como Seimayi, como la doncella elegida para recibir la flor, la primera flor, por la que se caminan tantos días y se ayuna tantas lunas. Pero te decía que sí, que parece que esto sí es una realidad aparte, pero nos quedamos cortos, no se trata de una, sino de realidades múltiples, realidades que si acaso y de manera tangencial se cruzan y fíjate que no digo se mezclan, sólo se cruzan, no caminan juntas, no se funden, no son como las líneas paralelas que, si bien es cierto que nunca se juntan, tampoco se separan, esas podemos decir que son realidades semejantes, las otras son ajenas, únicas, aparte. Pero el ayuno también me hizo un poco humilde y la verdad te mentiría si te dijera que siempre fui Seimayi, no, que va. Mi primer encuentro con Catorce fue de polizón, polizón, jijiji, que palabra tan chistosa, yo siempre la relacioné con buques de vapor, con las aguas del Pacífico y el Atlántico, con pránganas que no compraban su boleto para el viaje y se escondían en los rincones más infectos de la embarcación con la complicidad, acaso, de alguno de los cocineros que previamente renunciaran a la tentación del sable y la pipa reservados sólo a un capitán. Sí, me fui de polizón o polizona, que suena todavía más chistosito, pero qué querías que hiciera, sí los iniciados para esa peregrinación ya estaban seleccionados y completos.
La verdad yo no pensaba ir pero ya ves como es Froilán, inquieto, de repente jipi y súper mariguas, pachecote pues; él fue quien me inició, en ceremonia clandestina porque ya ves que él no era chamán, ni guía, ni acompañante: era apenas iniciado pero ya era un infractor que no pudo resistir la tentación del vuelo frente a la de por sí tentacionzota que yo soy. Lo conocí en el parque Independencia, jardín, le llaman los norteños. Te platiqué, ¿no me digas que también se te olvidó? Bueno, eso ya no es novedad. Pues sí, estaba yo sentada en posición de Loto y mis colguijes sobre el manto de percal, esa tela multicolor que parece la hubieran bordado o tejido con la policromía de los huicholes, pero que sale muy barata en Parisina, ya sabes, yo vendía bisutería manual, chaquiras, canutillos, listoncitos, piolas y cáñamo para tejer trencitas, pedrería y ámbares dizque de Chiapas, pedazos de algún cuero comprado en las peleterías de Tepis, cera de Campeche para rastas, anafres diminutos e incensarios de caoba y ya qué más te digo, artesanía jipiosa, pues, ya sabes.
Pero lo que no puedo omitir es esa pipa, era legítima, de hueso bien labrado, grecas y caracoles dominando la decoración, pura finísima labor, y para amenizar, pues ya sabrás, como si aquello fuera la hora de las complacencias en mi sanyo, aquella que todavía no leía mp3, pura wab, pero nada que paraba el reggae, Anastasio y los del monte, Guacamaya urbana, Bajahreke, Alam Rasta, Cultura profética, Hierbabuena Kajahla, y el bajo de Boby Babilón, llena de gentilicio regional, sin subirle todo, apenitas el volumen suficiente para no eclipsarnos con los decibeles de redobas y tamboras, ya sabes, que don Cruz Lizárraga con su Recodo y Los tigres del norte, mientras One Love, One Herat/ Let's get together and feel all right/ Hear the children crying (One Love)/ Hear the children crying (One Heart)/ Sayin' give thanks and praise to the Lord and I will feel all right/ Sayin' let's get together and feel all right... Bob Marley por acá y zaz, que cuánto por la de allá, pero decir que 'la de allá' define nada, o todo, como nos convenga, por lo pronto yo me hice medio güey y le dije que la ancha costaba veintidós y la angosta diez y seis, pero dijo que no, que esas no, e insistió con que su aquélla, pero el reclamo resultó igual de abstracto que su primera invocación. Y es en esta parte en donde si me pensabas loca ya no te quedará ninguna duda, pero ¿qué querías que hiciera si a esa pipa le tenía su cariñito? Pues ahí tienes que empezó un regateo de aquellas, una verdadera puja, decía él sintiéndose héroe en casa de subastas: "noventa y cinco pesos, dice el joven, noventa y nueve a la una, noventa y nueve a las dos, noventa y nueve a las...", esperen un momento, por favor, la señorita del huipil -esa soy yo- ofrece ciento diez..." vendida al joven de las rastas, qué gran adquisición... Y sí, ya te decía que esa pipa de marfil fue la causa de que me iniciara en el ritual, de que le tuviera su veneración, de ser Seimayi, la doncella que tiene el mérito y el privilegio de recibir la primera flor.
¿Que Froilán cómo se conectó con ese clan? De principio déjame aclararte que no somos ningún clan, somos iniciados, somos gente que por su convicción nos hemos integrado a la comunidad, somos gente que renunció al demonio de la tentación de consumir peyote sólo por placer, somos iniciados para quienes el sabor ritual de masticar la flor es una revelación más que una locura, buscamos la sintonía espiritual de nuestros sentidos con la temperatura proverbial del cosmos, pero de un cosmos previo al que resultó del caos original. Nuestra travesía no está expuesta a naufragar porque el temperamento de nuestras arterias, en su polivalencia nos aleja de la mortalidad y en ese momento somos dios, todos nosotros transformando nuestra diversidad en la presencia singular de dios: somos dios.

martes, 29 de julio de 2008

Seimayi Kurnicova II

Del encontronazo con Chabela, ¿De dónde si no me iba a surgir esa necesidad para multiplicarme?¿No sabes quién chingaos es Chabela? Está bien, te lo diré de nuevo, aunque estoy segura de que te aclaré la misma duda cuando te presenté con Eva, ¿a ella sí la recuerdas? Mira, la clase a la que Chabela pertenece no admite tuteos, y menos con pránganas que sustituyen la turbocina o el queroseno para elevar sus sueños por el prodigio de esta yerba milagrosa, pero dejemos de lado la manera en que cada quién resuelve su necesidad de vuelo, porque tú ya bien conoces el combustible de los míos. Te decía que desde que la vi pronunciando la primer palabra supe que las dos nos andábamos buscando. Sí, ya se que piensas que estoy loca o que traigo un pinche viaje de esos sin escala que tanto te horrorizan, pero de nuevo te equivocas y ninguneas mis méritos socializantes, si la tuteo es porque ella lo permite y por el derecho de ejercer la democracia y la igualdad por la que su tío dio la vida, o se la quitaron, en el Palacio de la Moneda allá en Santiago. ¿A poco pensaste que también renunciaríamos a eso de fraternizar con las familias de abolengo para que los milicos siguieran ondeando sus putas banderas de victoria como si nada o como si nadie? Pos ahí si nomás ni madres fíjate, nomás eso faltaba. Pero hay otra razón y esa nada más nosotras lo sabemos, y aunque nos lo callamos, las dos sabemos que la otra sabe. Y en este punto no te hagas pendejo, porque tú también lo sabes y hasta dijiste que era cierto, que esa pinche vieja -bueno, tú fuiste más decente, esa señora, dijiste, era la mera neta y también dijiste que encontrabas en las dos un algo así como una especie de hermandad, algo como una sintonía internacional o no recuerdo que mamada de ese estilo. ¿Ya te acordaste? No, si te digo, estás carbón con la memoria que te cargas y luego sales que con la muerte de las neuronas por fumar mi porquería, ya quisieras un kilito de mis súpergigabytes. Ándale, ándale, ya casi le atinas, Chabela es esa amiga a la que en sus viajes le da por transformarse en médium y hablar con sus ancestros, con los Espíritus; sí, a la misma que le da por ver la forma en que Pedro pudo escaparse –con la intervención del Senador, claro está, y sobrevivir a la maldad de los gorilas bajo el mando de Pinochet -pinche Pinocho Pinochet, tan chingón que se sentía con los dólares y los asesores con que la CIA le subsidiaba la codicia, ese, el cínico hereje con una vocación teológica sacada de no sabemos donde que se auto comparaba con San Pablo y que con las palabras de ese apóstol buscaba encontrar perdón anticipado a sus atrocidades: “Yo creo lo mismo que San Pablo, Dios nos eligió para cumplir misiones y nos facilita el camino para que se haga lo que Él mandó.”, pero el muy milico no contaba con la astucia de Garzón, ese contradictorio y raro juez de España con nombre de rey mago que en lugar de Epifanía fue para el dictadorzuelo el Pilatos que no se conmovió con su argumento de locura y se lavó las manos en el mismísimo aguamanil donde el senil gorila quiso expiar los crímenes de su voracidad.

lunes, 28 de julio de 2008

Seimayi Kurnicova




Seimayi Kurnicova

I

¿Cuántas pecas caben en el laberinto de la búsqueda que es tener dieciséis años cabales y una colección de sueños con su alineación intacta? Apareció aparentemente de la nada, como aparece la capacidad de maldecir en medio de la resaca de la mañana siguiente a una noche cosacamente siberiana. La escena no exigió utilería fastuosa ni efectos especiales: una expresión bondadosa, casi indiferente de su hermana fue el conjuro suficiente "tú con la rusa", para encender un entusiasmo idéntico al calor de las chimeneas soviéticas que Kurnicova tanto alucinaba.
Bebimos en pequeños sorbos -padecimos, suena más preciso, el trago amargo de cualquier presentación, porque lo que es yo, al momento de soltar su mano y separarme por primera vez de su mirada, no retuve ni una sílaba siquiera de la onomatopeya trasatlántica en la que ya, desde entonces, navegaba la fonética de su presencia, pero supe, en cambio, que la ráfaga de escalofríos que puso a la deriva mi razón y mi aparente integridad, acababan de chingar a toditita su madre con mayor estruendo que la capitulación del mítico Titanic.

No cabía lugar a dudas respecto a su encanto, no podía caber, proclamaba ella cada vez que sus ojos cruzaban miradas y florete ante algún espejo ocasional que la casualidad interponía entre ella y el nunca aceptado problema de estrabismo que las otras se afanaban en diagnosticarle en legítima defensa porque se reconocían menos asediadas, menos atractivas. Kurnicova, por su parte, había fundamentado con hilaridad su desperfecto óptico: no es que fuera bizca, que barbaridad, su vocación de vigilar de manera permanente y simultánea la conducta de los dos océanos obedecía a su naturaleza dual: tampoco ella tenía certeza de la ubicación del paralelo o la coordenada que la vio nacer.

Ante la convicción de que el tesoro resguardado en su entrepierna era el motivo recurrente sobre el que se cruzaban las apuestas más insólitas, Seimayi nunca devaluó la cotización en rublos de su sonrisa impecablemente cómplice del fluoruro y disfrutaba, en cambio, en abanicar con aires de condesa las compulsivas pretensiones de la jauría de hombres que soñaba -y literalmente babeaba- con que sus golondrinas hicieran primavera en el controvertido invierno que imperaba entre sus piernas.
Con la misma pulcritud, malsanamente calculada, con la que fraguó su aparición, sin testigos oculares ni testimonios de otro tipo, el día menos pensado desapareció. Para desmentir la absurda teoría de su inexistencia, en muchos de nosotros todavía resuena la cardiopatía que adquirimos bajo el patrocinio de sus inmutables desdenes y, a diferencia de los otros, yo sigo santiguándome frente al altar en donde rendimos culto a su afición militantemente bolchevique de patear el vidrio y pronunciar, con acento inconfundiblemente balcánico el nombre inconfundiblemente náhuatl de Seimayi en cánones precisos que lo enlazan con la fonética kremliana de su otro nombre: Kurnicova.

Seimayi Kurnicova

Seimayi Kurnicova

I

¿Cuántas pecas caben en el laberinto de la búsqueda que es tener dieciséis años cabales y una colección de sueños con su alineación intacta? Apareció aparentemente de la nada, como aparece la capacidad de maldecir en medio de la resaca de la mañana siguiente a una noche cosacamente siberiana. La escena no exigió utilería fastuosa ni efectos especiales: una expresión bondadosa, casi indiferente de su hermana fue el conjuro suficiente "tú con la rusa", para encender un entusiasmo idéntico al calor de las chimeneas soviéticas que Kurnicova tanto alucinaba.
Bebimos en pequeños sorbos -padecimos, suena más preciso, el trago amargo de cualquier presentación, porque lo que es yo, al momento de soltar su mano y separarme por primera vez de su mirada, no retuve ni una sílaba siquiera de la onomatopeya trasatlántica en la que ya, desde entonces, navegaba la fonética de su presencia, pero supe, en cambio, que la ráfaga de escalofríos que puso a la deriva mi razón y mi aparente integridad, acababan de chingar a toditita su madre con mayor estruendo que la capitulación del mítico Titanic.

No cabía lugar a dudas respecto a su encanto, no podía caber, proclamaba ella cada vez que sus ojos cruzaban miradas y florete ante algún espejo ocasional que la casualidad interponía entre ella y el nunca aceptado problema de estrabismo que las otras se afanaban en diagnosticarle en legítima defensa porque se reconocían menos asediadas, menos atractivas. Kurnicova, por su parte, había fundamentado con hilaridad su desperfecto óptico: no es que fuera bizca, que barbaridad, su vocación de vigilar de manera permanente y simultánea la conducta de los dos océanos obedecía a su naturaleza dual: tampoco ella tenía certeza de la ubicación del paralelo o la coordenada que la vio nacer.

Ante la convicción de que el tesoro resguardado en su entrepierna era el motivo recurrente sobre el que se cruzaban las apuestas más insólitas, Seimayi nunca devaluó la cotización en rublos de su sonrisa impecablemente cómplice del fluoruro y disfrutaba, en cambio, en abanicar con aires de condesa las compulsivas pretensiones de la jauría de hombres que soñaba -y literalmente babeaba- con que sus golondrinas hicieran primavera en el controvertido invierno que imperaba entre sus piernas.
Con la misma pulcritud, malsanamente calculada, con la que fraguó su aparición, sin testigos oculares ni testimonios de otro tipo, el día menos pensado desapareció. Para desmentir la absurda teoría de su inexistencia, en muchos de nosotros todavía resuena la cardiopatía que adquirimos bajo el patrocinio de sus inmutables desdenes y, a diferencia de los otros, yo sigo santiguándome frente al altar en donde rendimos culto a su afición militantemente bolchevique de patear el vidrio y pronunciar, con acento inconfundiblemente balcánico el nombre inconfundiblemente náhuatl de Seimayi en cánones precisos que lo enlazan con la fonética kremliana de su otro nombre: Kurnicova.

domingo, 29 de junio de 2008

Del paisaje y del recuerdo


I.- El paisaje y el recuerdo
“La lectura hace a un hombre completo, el discurso lo hace dispuesto, y la escritura lo hace exacto”.
Con esas palabras de Francis Bacon y la postal retórica que jm, el vecino de la Torre Mayor, nos regala en la última entrada a Cachivache, encuentro motivo para invocar los misterios del recuerdo y de la infancia.
Para quienes crecimos en el semidesierto, la invocación del Tyumbulux nos dice nada. No percibimos ni el rumor de su vagancia ni el juicio implacable con el que ata a su vértigo a quienes cruzaron su cauda y sobreviven.
A nosotros, la visión reveladora que nos hace atávicos no es acuática. Acaso acústica. Y es que cuando bajo tus pasos cruje el mundo y solo te quedas con el testimonio de una tierra que se inmortaliza en grietas ya conoces el Déjà Vu que habrá de regir el anverso de tu zodiaco. Nunca la sentencia bíblica de “Polvo eres y en polvo te convertirás” es más profética: las palabras del desierto suelen se oráculo y destino. Para nosotros, para nuestra sobrevivencia, era imperativo desarrollar el principio de levitación: esa sería la equivalencia con quienes atraviesan el éxodo de sus sueños con manos de palmípedos y pulmones de naturaleza anfibia.
No tuvimos Tyumbulux pero las dunas de los jales (antes de la privatización absoluta y el amurallamiento de los mismos por la voracidad de esas compañías extranjeras que recientemente ocasionaron la muerte de mineros en Pasta de Conchos y dejar familias en el desamparo con la complicidad de los gobiernos de derecha) fueron nuestro Oriente recurrente, el faro de nuestras vacaciones y la plataforma de nuestras vocaciones.
La flora, casi tan tímida como muchos de nosotros era suficiente: los mezquites nunca escatimaron la simbología de sus vainas que derramaban su miel cuando los masticábamos y las disyuntivas de sus ramas fueron nuestra materia prima para construir los arsenales con los que desatamos verdaderas guerras de otros mundos en el micro mundo que entonces era nuestro. No acertábamos a equiparar ese paisaje con el Gran Cañón de Colorado, pero sus acantilados y la altura de sus deshidratados perfiles fascinaron y colmaron nuestra fantasía pre púber de niños fresnillenses avecindados en las cercanías del cuatro veces centenario Cerro de Proaño.
Las tunas son emperatrices de nuestra orografía. Por razones obvias de sobrevivencia, más que por respeto real, casi eran intocables, pero no renunciábamos al placer de sus almíbares y para acceder a sus favores era suficiente el argumento de unas cuantas monedas, todavía de cobre, para que los vendedores nos obsequiaran con cardonas, amarillas, blancas, chavindas, burronas, picochulo, rojas y ni las temibles taponas quedaban a salvo de nuestra voracidad, afortunadamente, sin consecuencias fatales para ese crepúsculo de morros que merodeábamos las huertas de nopales y las variedades espontáneas que se multiplicaban generosamente en la periferia.
Sólo los más grandes y atrevidos lograban en aquel tiempo la proeza de llegar hasta el cerro de Chilitos y saquear impunemente el tesoro de las biznagas: los míticos “chilitos” nos eran permitidos solo como artículos de ficción invocados en nuestra esperanza de crecimiento: “algún día nos atreveremos”, era nuestra proclama recurrente. En prenda quedaba nuestra espada de corsarios en océanos polvorientos y nuestras resorteras de mezquite. No tengo razón de alguna que se haya recuperado.

II.- Encrucijadas
El paisaje y la escenografía de la naturaleza también transforman sus alcances, sus esperanzas. El fenómeno migratorio, por fortuna, no solo orienta sus brújulas hacia los dólares: desde otros miradores, algunos destinos se entrecruzan y se reencuentran. Otros se descubren. Personalmente, yo he coincidido con paisanos productivos: artistas de distintas disciplinas, creadores incansables, científicos, investigadores y algunos otros que encontramos en la cátedra una equivalencia a la resurrección. Entre casi todos los invocados existe una madeja de orientación en el laberinto de los destinos que se pulverizan consciente o inconscientemente en la individualidad para después buscar la forma de reconstruirse en una fiebre de colectividad fomentada por recuerdos y alucines. Eso no puede tener, no tiene, otra pista de aterrizaje diferente a la creación.
Sedentarios involuntarios, o por lo menos nómadas resignados al precipicio cardinal de la urbe, desde el acto de contrición que realizamos cotidianamente, desde la experiencia igualmente expiatoria de la lectura, nos reconocemos sobrevivientes victoriosos y herederos del ímpetu de quienes lucharon en el mítico Mixtón.
Vegetarianos ocasionales en las barras de tianguis, supermercados y en el bufet de algunos restaurantes, estamos algo lejos, y no solo por treinta y cinco años, sino por infinidad de rumores que no reconocemos en el tumulto de las horas pico, nos resistimos a claudicar ante el smog y sobrevivimos amparados con la terquedad de la memoria.Bienvenidos a esa postal retórica que construimos y que compartimos, bienvenidos a esa resurrección de la infancia que no todos tuvieron oportunidad de vivir, pero que hoy reconocemos y se revela en cada uno de nuestros actos.
De verdad que el rumor de los recuerdos florece como el cauce del Tyumbulux que José Manuel Gómez Soto, El rojo Gómez, cruzó a manotazo limpio y que fue el pretexto para esta evocación.
Yo sí acepto el reto para dejar de nadar de a muertito en las promesas fluviales que recorren la selva menos luminosa de esta ciudad contradictoria. Se que también ustedes lo harán. Mientras la memoria y el recuerdo sean vigentes, las demás caducidades casi nada importan.

lunes, 9 de junio de 2008

Tu nombre

Tu nombre
Juan Manuel Bonilla Soto

Memoricé tu nombre
porque esa es la única manera
de sobrevivir
al laberinto de tu heteronimia.
Te memoricé desde el primer momento
porque eres dueña de una simetría
que no tiene sinónimos
para definir tanta contundencia.
Te memoricé porque eres semejante
a una diégesis capitular
y eres idéntica al quinto atrevimiento
que la Venus extasiada tiene como vocación.
Te memoricé porque estoy seguro
que tu potestad es epopéyica.
Memoricé tú nombre
porque presentí que es un conjuro
para exorcizar el precipicio;
lo memoricé porque te presiento etérea,
ajena a los mortales
y la única posibilidad que veo
para tenerte entre nosotros
es la invocación del eco, del vértigo,
de la estridencia,
de ese mito que se nos disuelve entre las manos,
dejándonos apenas el eco de tu nombre.